Una noche en el valle del río Polochic

Artículo original, elPeriódico

Entre la población del valle del río Polochic, Alta Verapaz, hay diferentes maneras de entender la vida. Acá un acercamiento a estas variadas perspectivas

Docenas de luciérnagas brillan en el monte y cientos de zancudos molestan a las familias que quieren dormir bajo sus carpas de nylon negro. Dos vigilantes se esconden detrás de un montículo de arena. Otros caminan con una linterna a través de los senderos que conectan a las 15 champas de este poblado provisional.

Uno de los vigilantes es Julio Caál, un hombre con don de mando: “Cuidamos a los demás compañeros que están durmiendo. Hay mucha gente que piensa mal de nosotros. Siempre mandan a alguien a dispararnos. Quieren que abandonemos la finca”.

La familia de Julio Caál tiene un largo historial de conflictos de tierra. Dos de sus tíos fueron asesinados. Él mismo sobrevivió a varias heridas de bala. Con cierto orgullo muestra sus cicatrices en la pierna. “Dos plomazos entraron aquí. La mano me la lastimaron acá”. A su mano derecha le falta una parte.

“Nosotros no tenemos armas, solo machetes, pero no le tengo miedo a nadie. Tenemos derecho de estar aquí. A la edad de 12 años comencé a trabajar. Aquí crecí. Ahora queremos vivir en paz y sembrar maíz y frijol para poder darle de comer a nuestros hijos. Pero nos han desalojado ya 3 veces en 3 años. Quemaron nuestras cosas. Nunca tuvimos mucho, pero ahora tenemos nada”.

Muchas personas que ocupan la Finca Bella Flor en el valle del río Polochic, en Alta Verapaz, nacieron en esa tierra. Trabajaron como colonos para el alcalde de Panzós, Alta Verapaz, Flavio Monzón. “Este don siempre era bravo”, relata un vigilante. “Cuando miraba que una persona andaba en la calle sin trabajar, lo agarraba y lo obligaba a trabajar en sus fincas. Nos amenazaba con arma de fuego. Por la gracia de Dios este alcalde ya se murió”.

El llanto de un infante interrumpe el silencio de la noche. Su padre, Samuel Cucul, se levanta de la cama. Es hora de su turno de vigilancia. Él también recuerda al finado alcalde todopoderoso: “Cuando el patrón Flavio Monzón repartió sus fincas a los hijos se olvidó de nuestra liquidación. Nos distribuyó como mozos entre sus hijos, y ellos nos sacaron. Pero aquí no se consigue otro trabajo. Sí hay, pagan muy poco; unos finqueros pagan Q30 al día, otros Q25”.

“Que el Estado defienda la propiedad privada”.

El finquero Héctor Monzón, hijo del ex alcalde Flavio Monzón, reside en la cabecera municipal Panzós. En esta entrevista habla acerca de la Finca Bella Flor, propiedad de su hermana Aminta.

“Fue invadida tres veces. Mi hermana decidió venderla, porque no pudo defenderla. Había personal de seguridad, pero los invasores entraron con armas y les dispararon a los guardianes. Esta gente quiere que el Gobierno les dé dinero para comprar la finca, pero el Gobierno no tiene para darles a todos los invasores.

El Estado tiene la obligación de defender la propiedad privada y encargarse de desalojar a estos invasores. La agricultura en manos de ellos va a llevar la productividad del país al suelo. La caña, el café, ahora la palma africana son productos de exportación. Pero los campesinos no producen para exportar. Solamente producen para su consumo. Les falta educación.

Cuando yo estudié hace 50 años los maestros hablaban únicamente español, la lengua oficial. El hijo del campesino llegaba a la escuela y tenía que aprender español. Pero ahora les dan clases en su lengua. Así nunca conseguimos el progreso.

Cada día el Estado tiene menos control. Si la situación de invasiones sigue igual, va a haber una confrontación entre las personas que son dueños de sus tierras y los que están invadiendo”.

Solidaridad entre comunidades

Por ahora los ocupantes dependen de la solidaridad entre comunidades indígenas. “Nos estamos ayudando unos a otros,” explica Alfredo Cuc, un joven que se ha integrado al grupo de los vigilantes en la Finca Bella Flor. “A las comunidades que ya tienen suficiente comida les pedimos un poco hasta que podemos cosechar nuestra milpa. De allí podamos ayudar a otros. Así vivimos. No comemos bien, pero la estamos pasando.”

De repente se para un hombre musculosos que ha estado sentado, casi inmóvil, en un tronco de árbol. Tiene una mirada seria y sus manos empuñadas. “Si nos sacan otra vez, prefiero que volvamos a levantar la guerrilla. Ya estamos aburridos. Hemos dialogado en buena forma, pero los finqueros no han querido. Si respetan nuestro derecho podemos seguir en paz, pero si no, tenemos que levantarnos como lo hicieron nuestros padres, nuestros abuelos”.

Julio Caál, el otro vigilante, le lanza una mirada cariñosa a su compañero alterado. Habla con voz calmada: “No estoy pensando en nada de esto. Pedimos que el señor Presidente haga favor de ya no mandar a desalojar a la gente. Estamos sembrando y queremos que los empresarios nos dejen cosechar en paz”.

Los hijos de las familias que ocupan la Finca Bella Flor evidencian síntomas de desnutrición. Caminan descalzos y sus padres no tienen recursos para comprar medicamentos que curen las frecuentes infecciones respiratorias e intestinales.

Samuel Cucul se siente decepcionado: “Tantas veces que dijeron que somos invasores. Pero no somos invasores. Nacimos aquí. Los cañeros son los invasores. Ellos vinieron de lejos. Toda la gente está triste porque ellos compraron los terrenos.

“Esta tierra les costó sangre a nuestros antepasados”.

Muchos campesinos en el valle del Polochic temen que la situación se torne más difícil. Han observado cómo empresas cañeras y de palma han comprado grandes extensiones de tierra, limitando todavía más sus posibilidades de sembrar granos básicos para la subsistencia. “Los empresarios se juntan con el alcalde de Panzós y nos hostigan”, dice Samuel. “Pero, ¿adónde quieren que nos vayamos?”.

“Que las empresas vengan a invertir”

Ricardo Rummler, descendiente de terratenientes alemanes, ganó la alcaldía de Panzós como candidato por el Frente Republicano Guatemalteco (FRG). Es uno de los finqueros más influyentes de la zona.

“En la Municipalidad hemos estado atentos a que los inversionistas que se acercan a la zona del Polochic se sientan bienvenidos. Las empresas traen trabajo para la gente. El municipio cuenta con 65 mil habitantes, la mayoría son pobres.

Hemos trabajado de la mano con varias empresas y hemos logrado cambiar el salario mínimo. Antes se les pagaba muy poco a las personas. Ahora ya se están pagando lo que estipula la ley.

Las personas que siembran maíz siguen trabajando sus mismos terrenos. No se les ha expropiado, ni se les ha cambiado el uso del suelo. La mayoría de las personas que invaden las fincas aducen no tener tierra, pero luego quieren venderlas. Entre más trabajo tenga la gente, menos va a hacer esto. Por eso queremos que las empresas vengan a invertir en minería, caña de azúcar, palma africana… lo que sea”.

La tierra da vida

El joven Darío piensa en formar su familia, pero confiesa: “La idea no me da miedo, sino vergüenza. ¿Qué pasa si no les puedo dar ropa y alimentación? ¿Quién es el responsable de un hijo?: el padre. Pienso que hoy en día sostener a un hijo es difícil”.

Darío quiere juntarse con una muchacha del grupo. Ella tiene 15 años. Pero los 2 no saben cómo evitar embarazos. “Todavía no me han hablado de estas cosas”, dice Darío. “Una vez fui al puesto de Salud. Me explicaron que tenía que controlar la mujer cada mes. Hay que cuidar la menstruación, dijeron”.

Aunque Darío estudió varios grados de la primaria, nunca buscó un empleo. Quiere trabajar la tierra, pero no como un mozo sino como agricultor independiente, cosechando los alimentos para su familia y para vender. “Esta tierra es linda. Es la tierra en que nací. Nos puede dar vida. Estamos luchando para poder trabajarla en paz”.

El brillo de las luciérnagas desapareció. Unos rayos del sol anuncian el nuevo día. Cuatro niñas salen de sus champas, balanceando cubetas en sus cabezas. Varios hombres se levantan de sus camas, juntan sus pocas herramientas de labranza y van a trabajar sin desayunar. Solamente Darío se vuelve a acostar un rato. Intenta reconciliar un poco del sueño perdido durante un largo turno de vigilancia y conversación.

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